El 19 de enero de 2026, Kaveh Madani, investigador del Instituto de Agua, Medio Ambiente y Salud de la Universidad de las Naciones Unidas, en Canadá, lanzó una advertencia incómoda: la Tierra ya entró en “bancarrota hídrica”, como lo planteó en Water Resources Management. No es una crisis pasajera, sino un agotamiento estructural: el uso sostenido del agua supera la capacidad hidrológica, erosiona el capital hídrico y deja daños sin marcha atrás. De ahí los acuíferos en descenso, glaciares en retroceso y suelos degradados que ya no retienen humedad. No es alarmismo; son umbrales críticos ya cruzados.
Estos hechos desnudan una verdad simple. El problema no radica en la falta de discursos, sino en la ausencia de decisiones sostenidas. Las causas resultan conocidas y muchas soluciones están sobre la mesa, pero la acción llega tarde, fragmentada o subordinada a intereses de corto plazo. La brecha entre la evidencia científica y la política pública crece, y con ella el riesgo de puntos de no retorno.
La ciencia climática añade más señales. Los océanos alcanzan temperaturas récord, el nivel del mar acelera su ascenso y los glaciares pierden masa de manera sostenida. En paralelo avanza una crisis biológica silenciosa: monitoreos de varias décadas han documentado reducciones cercanas al 70 por ciento en la biomasa de insectos voladores; es decir, estamos tumbando la base de la cadena trófica, falla la polinización y, de paso, comprometemos la producción de alimentos. La situación con las abejas es desastrosa, un tema bien explicado en el video divulgativo ‘El Apocalipsis de los insectos se acerca’, de Raquel De La Morena. Colombia ocupa un lugar particular en este escenario. Figuramos entre los más biodiversos del planeta, pero esa riqueza vive más en la oratoria que en el conocimiento. Mientras la Amazonía suma deforestación y mercurio, en el país abusamos de los plaguicidas; en lo local destruimos ecosistemas para abrir miradores, urbanizaciones y obras que sustituyen vida por cemento. Rellenamos humedales, talamos bosques ‘menores’, y fragmentamos corredores. Luego anunciamos reservas aisladas que, por su tamaño y desconexión, terminan empujando a la extinción.
En Macondo no podemos responder con palmeras ornamentales, piscinas y obras maquilladoras inútiles a la crisis. Tampoco con áreas protegidas en el papel. Un desarrollo incluyente debe caber dentro de la naturaleza y cuidar a todos los seres vivos.
Eso exige unir, no partir; restaurar la conectividad, proteger cuencas, invertir en investigación y convertir la biodiversidad en evidencia para decidir. El tiempo para actuar no terminó, pero ya no sobra.
