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Columna

Polarización de la cultura

“La decisión de algunos autores de no asistir merece un riguroso análisis crítico: la cultura pierde cuando se convierte en un campo...”.

El Universal

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Por: Christian Álvaro Ayola Gómez

Semanas previas a su inicio, se intentó utilizar Hay Festival Cartagena como escenario de polémica política: algunos pocos escritores -no tan destacados como se creen- anunciaron la cancelación de su participación tras la confirmación de la asistencia de la Nobel María Corina Machado. El debate se llevó a los medios y a las redes, aparentemente con la intención de utilizar esa plataforma para afirmar argumentos ideológicos disfrazados de ética, que nada tienen que ver con la cultura.

Hay Festival es un foro que por más de dos décadas ha promovido el diálogo entre disciplinas y orillas ideológicas diferentes, con una inspiración de pluralidad e inclusión. Esa vocación no es retórica; en sus diferentes programaciones y escenarios, ha buscado ser un espacio para “conversaciones difíciles” y para reunir a intelectuales, autores, periodistas y pensadores de distintas latitudes y sensibilidades, con el argumento de que la cultura y la literatura funcionan como puentes más que como trincheras.

A lo largo de su historia ha convocado figuras que representan espectros políticos y estéticos muy diversos, desde autores cercanos a corrientes progresistas, hasta voces liberales o conservadoras y ha incluido tanto a referentes locales como a invitados internacionales de alto perfil. En ediciones recientes y pasadas han participado autores y pensadores cuyas obras y posicionamiento público no siempre coinciden, pero que han compartido escenario en nombre del debate literario y cultural. Esa coexistencia ha sido, para muchos, la prueba de que la comunidad culta puede priorizar la literatura y la reflexión por encima de la afinidad ideológica.

La decisión de algunos autores de no asistir merece un riguroso análisis crítico: la cultura pierde cuando se convierte en un campo de confirmación identitaria; renunciar a un foro como Hay Festival por la presencia de una voz contraria equivale a aceptar que la conversación pública se reduzca a los gustos y creencias de un sector político.

Los festivales literarios no son auditorios neutrales en abstracto, pero su valor radica en sostener la conversación incluso con quienes piensan contrariamente; ese desafío marca la intelectualidad por encima de la pobreza mental de la radicalización fundamentalista. ¡Esa es la cultura! Tengo para mí que quien antepone las convicciones y se niega al diálogo resulta una persona profundamente inculta, así haya transitado por las páginas literarias presumiendo lo contrario.

Quienes optan por la retirada deberían preguntarse si su gesto parte del ego mezquino o del ser interior que inspira, ¿fortalece la cultura o la empobrece? La respuesta exige valor intelectual, coherencia, honestidad e integridad, pero, sobre todo, la voluntad de volver a la palabra cuando la gente de esta ciudad y del país más la necesita. Especialmente ahora -como decía Chamberlain- cuando vivimos “tiempos interesantes”.

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