Salvo Basile (Nápoles, 1940 - Cartagena, 2026). Era el año de 1968. Su llegada a Cartagena fue premonitoria, venía junto a la “troupe” de la película ‘La Quemada’ que dirigiría su amigo, el también italiano Giulio Pontecorvo, de quien fue asistente de dirección. Premonitorio porque, cuando iban a aterrizar, un toro de lidia estaba atravesado en la pista y no los dejaba descender. Era su llegada al fantástico mundo del realismo mágico que lo cautivó para siempre. Salvo fue definitivo para el éxito de la filmación por su eficiente intermediación entre Giulio y el complejo actor Marlon Brando.
En las labores del casting, escogencia de los actores y de los “extras”, reunión que se llevaba a cabo en el Club Cartagena, conoció a la belleza de porcelana de Jaque Lemaitre De la Espriella, quien pretendía participar en la película. Fue un flechazo a primera vista. Allí empezó su noviazgo y el furtivo amor que lo hizo quedarse para siempre en Cartagena para fortuna nuestra. No fue fácil con la fama que tienen los italianos de picaflores y de tener un amor en cada puerto.
En 2019 creamos una fundación para combatir el hambre en Cartagena por inspiración del cardenal de la Iglesia católica monseñor Jiménez. Ese día empezamos una guerra frontal contra el hambre y creamos la Fundación Corazón Contento, de la cual fue su presidente y yo, su representante legal y director ejecutivo; unimos a varios amigos a esta lucha, y a la gran líder comunal, la guerrera inmarcesible Agripina Perea Valencia.
Salvo se enfermó con un grado de condición terminal muy grave del que, por desgracia, no pudo salir: lo llevó inevitablemente al insondable misterio de la vida eterna. Hemos, pues, perdido al gran amigo, al filántropo cuya preocupación era el hambre de los niños en los barrios cartageneros marginados; perdimos la columna vertebral de nuestra fundación, al mentor, al que había dejado todo, incluso el cine, por ayudar a los cientos de niños en el barrio Revivir de Los Campanos y Nelson Mandela. ¿Qué haremos sin él?, seguir esta lucha de por sí difícil y que en su ausencia lo será más.
Durmiendo en la madrugada del día de su muerte, tuve un sueño donde él era protagonista principal. La escena del ensueño consistió en que lo esperaba para entrar juntos a un evento supuestamente maravilloso, que tal vez (es mi lectura personal) era la entrada al paraíso. Salvo entró, yo me quedé y supe apenas desperté, a las 4 a. m., que había muerto.
Nunca antes había soñado con él, pese a que hablábamos más o menos todos los días, y me levanté con la certeza que mi amigo había partido. Hemos perdido a la piedra angular, al mentor, al maestro de la vida, nuestro motor. Ya nada será igual, pero nos queda su inspiración las que nos dará la fuerza suficiente para seguir su legado. Agripina y yo le prometimos que así sería.
