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Columna

Tejiendo ciudad desde lo humano

“La ciudad de nuestros sueños se construye con el control social, pero también con la mano tendida y el compromiso de cuidar lo que es de todos”.

LIDIA CORCIONE CRESCINI

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Muchas veces se nos enciende el rostro porque las luces externas llaman nuestra atención; nos hacen levitar, creyéndonos parte de los astros. En medio de esa sensación, empezamos a pedir deseos con la urgencia del que busca un milagro inmediato. Sin embargo, los días pasan y, al ver que no se cumplen, la mente sufre un cortocircuito. El miedo, la zozobra y la incertidumbre nos arropa, empujándonos a un callejón que parece no tener salida.

Esa angustia se nutre del caos cotidiano. La movilidad urbana nos estresa, los titulares de prensa sobre la violencia nos erizan la piel y el alza constante de los precios nos mantiene con los dientes apretados, calculando lo imposible. Existe hoy un sector de la población que celebra el ajuste del salario mínimo, quizás anestesiado por un ‘contentillo’ pasajero, mientras la realidad cruda dicta una sentencia distinta en el mercado. Es natural desear que las cosas encuentren un equilibrio y que el sesgo social deje de ser tan protuberante.

Pero es precisamente en el reconocimiento de esta crisis donde brota la semilla de lo posible. Deseo que mi ciudad, la que me vio nacer, encuentre los caminos adecuados para reorganizarse; no desde el cemento frío, sino desde su verdadera materia prima, el ser humano. Si ponemos la dignidad de la persona en el centro, el desarrollo en infraestructura dejará de ser un fin en sí mismo para convertirse en el campo de acción donde todos quepamos y donde las oportunidades dejen de ser un privilegio de pocos.

Falta mucho, y lo sabemos. Es justo reconocer lo que se ha logrado, pero las necesidades son tan vastas que el tiempo del gobernante parece siempre insuficiente; sin embargo, la esperanza no reside solo en la ejecución de un alcalde, sino en la voluntad colectiva de no rendirse.

La incertidumbre no tiene por qué ser un callejón sin salida, sino el espacio donde se gestan las soluciones más creativas. Si logramos mirar más allá de las luces que nos encandilan y nos enfocamos en la luz propia de quienes habitamos estas calles, encontraremos que el desarrollo es posible. Que la ciudad que soñamos está a un paso de la empatía, esperando que dejemos de apretar los dientes para empezar a tender puentes. Aún estamos a tiempo de iluminar, desde adentro, nuestro propio destino. Criticamos todo el tiempo y no está mal hacerlo; las opiniones son necesarias para el crecimiento democrático. No se trata de tragar entero ni de callar las denuncias que deben salir a la luz, pero nosotros también debemos ser aporte fundamental. Nos corresponde hacer de nuestra Cartagena una ciudad limpia, ordenada, con más civismo y más apoyo mutuo. La ciudad de nuestros sueños se construye con el control social, pero también con la mano tendida y el compromiso de cuidar lo que es de todos.

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