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Columna

Matar a Buda

“Probado está —por encima de toda incertidumbre espiritual— que la crucifixión de la carne no impide la transfiguración de la idea...”.

Francisco Lequerica

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La persistencia coercitiva de fronteras como expresión obsoleta del orden para un mundo globalizado e interdependiente, conexo a ultranza en la virtualidad y embargado por la lógica transaccional, es un sinsentido a la luz de las hecatombes naturales y humanas que enfrenta la colectividad. De poco servirá guarecerse del inexorable ascenso de las aguas tras patrias, arsenales o posturas ideológicas. La artificialidad de nuestras leyes, soberanías y secesiones sucesivas —incluidas las religiosas— invalida su idoneidad como soluciones pragmáticas y eficaces a las crisis reales que se avecinan. Las castas dominantes, emprendiendo una lucha fagocitaria por los últimos recursos, tienden a la instauración de un gobierno mundial que necesitará anular libertades con tal de conservar el poder.

El retroceso del espectro sociopolítico hacia un registro tribal —incluso neolítico y pretecnológico ante la no tan distópica perspectiva de lo posnuclear— debería despertar serias inquietudes y motivar la exploración de estrategias oblicuas de empoderamiento, al margen de las dicotomías impuestas. Es más factible luchar contra las castas que contra los elementos, como es más sensato combatir la violencia humana antes que padecer la natural, y preferir la supervivencia de la especie entera a la de una élite. La miopía de quienes operan los contrapesos actuales a los designios dominantes reside en su tozuda insistencia en emplear canales políticos para lidiar con fallas civilizacionales que se concretan con mejor nitidez en el ámbito cultural.

En un mundo regido por el control de los cuerpos físicos y la apremiante sujeción de estos a mentes subyugadas, cualquier acto sedicioso está condicionado al fracaso, y la única garantía de libertad radica en el modo imaginario, virtual y cuántico de la existencia. Dada la inevitabilidad del sometimiento corporal ante el monopolio de la violencia, subsiste la esperanza de una mente impermeable al acoso y al vasallaje. Probado está —por encima de toda incertidumbre espiritual— que la crucifixión de la carne no impide la transfiguración de la idea y que, así como las castas surgieron de la interpretación parcial del lenguaje, este aún podrá reinicializarse sin ver afectadas sus funciones esenciales, ya que el verbo precede al átomo.

La ’patafísica (con apóstrofe) nació de la transgresión juvenil de Alfred Jarry, quien la definiría luego como “ciencia de las soluciones imaginarias”. Aparente victoria pírrica, el cultivo de lo ilógico e imposible no dista del concepto de resolver un kōan budista. Para extirparse del simulacro, no basta con librarse de una identidad legal sino que debe abandonarse toda noción vinculante al constructo predeterminado de lo veraz. Así lo dijo un Linji libre de certezas: “Si te encuentras con Buda, mátalo”.

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