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Columna

Ajena

“Habitar la ciudad se ha vuelto un desafío inmenso. La movilidad, el transporte público y los espacios de esparcimiento...”.

MARTHA AMOR OLAYA

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En medio de la terrible gentrificación, percibo que solo podemos habitar la ciudad desde las cuatro paredes de la vivienda. Cartagena está invivible. En la temporada más alta de turistas —porque es cierto: todo el año hay turistas, y muchos— la opción que queda es encerrarse. Habitar la ciudad se ha vuelto un desafío inmenso. La movilidad, el transporte público y los espacios de esparcimiento tranquilos y seguros son escasos y precarios. Salir, especialmente entre noviembre, diciembre y enero, se convirtió en una osadía, un acto de heroísmo o de masoquismo —dependiendo de cómo quiera verse ese vaso— y, sobre todo, de necesidad, porque por gusto, aunque habrá quienes así lo sientan, no resulta muy sensato que digamos.

Todos los días me pregunto si como ciudadanía hemos dicho qué tipo de ciudad y de desarrollo queremos, y si a los gobernantes eso les importa. Si bien esta discusión es larga y “hemos” hecho varios diagnósticos, consenso real no tenemos; creo que ni siquiera una discusión seria. Y por seria me refiero a una que garantice participación y pluralismo, y la representación sea amplia y suficiente, cosa que sabemos es igualmente precaria, cuando al momento de elegir a nuestros representantes, no lo hacemos a conciencia

Se repite el diagnóstico base: la cultura de participación ciudadana viene después de mitigar la urgencia. Y la urgencia, en Cartagena, permanece intacta por los siglos de los siglos, amén.

Es en esa misma urgencia —la de sobrevivir al caos, la de solventar las afugias— donde cabe la pregunta de si nos queda espacio, tiempo y fuerza para levantar la cabeza y darnos cuenta de la ciudad que tenemos, o mejor dicho, de la que no tenemos. Una ciudad que pareciera sentenciada desde su nombre: “ajena”. Siempre de otros, nunca nuestra.

Lo mínimo que colectivamente deseamos —el consenso obvio, por decirlo de alguna forma— es habitar una ciudad amable para sus ciudadanos: en la que moverse eficientemente sea posible; donde la especulación de precios no nos inmovilice ni nos expulse cada vez más lejos; donde haya seguridad y tranquilidad; y una oferta cultural estructurada y sostenida, no oportunista ni confundida con “espectáculo trivial”. Que podamos disfrutar del arbitrario y excesivo alumbrado navideño —pagado con nuestros recursos— con gusto y sin tanto caos. Pareciera que solo se exhibe para el que viene, quien a su paso, “arrasa”. Nos quedan sus deshechos y pagar el deterioro de la ciudad y de su tejido social, cada vez más fragmentado por esta dinámica extractivista, sin porción restaurativa alguna. Todo lo contrario: cada vez quedamos con menos y con lo peor.

El turismo debe tener un control, un límite. De eso no se habla porque te sentencian de ser anticartagenero o ignorante, bajo el argumento insuficiente de que el turismo sostiene la economía de la ciudad. La discusión sobre la precarización, la baja calidad de vida, el servilismo y la explotación no se tiene.

Con frecuencia se señala a quienes “abusan” de los turistas reforzando así un imaginario que nos juzga constantemente para justificar nuestra suerte. En cambio, al foráneo no le exigimos nada, y su presencia, aunque incómoda, hay que agradecerla. Me rehuso e insisto: es muy difícil que le pidamos al cartagenero que quiera y cuide su ciudad cuando, en principio, es ajena.

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