No hay nada nuevo en apelar al miedo en política. Al margen de toda connotación religiosa, a la hora de votar importan tanto el cielo deseado como el infierno temido. Sin embargo, recurrir sistemática, intencional y, en ocasiones, exclusivamente a esta emoción entraña rasgos de la vida en sociedad que distan notablemente de lo que se espera en democracia. No es poca cosa, por tanto, identificar cuándo es el miedo el tenor principal de los discursos políticos en campaña.
La amenaza de volvernos Venezuela, de sucumbir ante la dictadura “narco-socialista”, de enfrentar un alza abrupta en el precio del dólar, de alejar la inversión extranjera, de entregar el país a los violentos, de acoger la agenda oculta de la “ideología de género”, de ser intervenidos por potencias imperialistas extranjeras o de ser gobernados por líderes “sin temor de Dios” son solo algunos entre los múltiples ejemplos de cómo se ha recurrido al miedo en discursos políticos recientes y actuales. Poca duda hay del poder que tienen estas amenazas en el electorado. Cualquier grupo familiar de WhatsApp permitiría confirmarlo.
Sucede así, en efecto, pues el miedo, que a juicio de la filósofa Martha Nussbaum tiene una función protectora y “puede ser razonable cuando está basado en unas concepciones bien fundadas de lo bueno y lo malo”, puede conducir a quien lo padece, bajo la influencia de intereses de poder, a percibir peligro donde realmente no lo hay. En tales circunstancias, esta emoción centra la atención de quien la experimenta sobre sí, sobre su propio cuerpo y, por extensión, sobre todo lo que es suyo. En términos de Nussbaum, el miedo “suele secuestrar impetuosamente el pensamiento del individuo hasta el punto de que le resulte muy difícil pensar en nada más que no sea en él mismo y su círculo más inmediato”.
Así, anula de modo egoísta, irreflexivo e imprudente toda preocupación por los otros y, por tanto, toda posible confianza, cooperación o intercambio recíproco, pilares fundamentales de la vida en democracia. Como consecuencia, envenena la esperanza, obnubila frente a los propios problemas e impide encontrar soluciones a los mismos. En estado crítico, y cada uno juzgará si se descubre víctima del mismo, termina por hacernos indiferentes ante la verdad, llevándonos a preferir la comodidad de compartir falsedades entre grupos de iguales atemorizados y potencialmente agresivos. Nos condena, así, al adormecimiento alienante de la irreflexión en política.
Las opiniones aquí expresadas no comprometen a la UTB ni a sus directivos.
