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Columna

Aguinaldos envenenados

“Duele decirlo, pero son venenos disfrazados de regalos. Todavía queda mucho trabajo de salud...”.

Gonzalo J. García

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Mientras se inflamaba el corazón de las gentes con la llegada de la Navidad del 2025, iba recibiendo cartas llenas de mensajes de solidaridad, redactadas en forma de mensajes WhatsApp, de amigos y grupos que solicitaban pequeñas donaciones para los regalos de los niños pobres. Hoy, ya entrado el 2026, perdí la cuenta de las solicitudes y del monto de las donaciones, que siempre exigía que las registraran como anónimas.

Me parece un buen objetivo anual eso de recoger dinero entre los amigos para hacer más agradable la Navidad de los niños, pero propósito tan alto se termina desbaratando sin darse cuenta. Vi que la mayoría de los regalos eran de plástico sintético; y no de cualquier plástico, sino de los peores de todos, de esos que posiblemente vienen de contrabando o los fabrican en el país con los menores cuidados y escasa vigilancia. Vi los andenes repletos de juguetes de plásticos que se ofrecían al por mayor a mil quinientos pesos, o menos, la unidad.

¿Cuántas bocinas, pollos con silbatos que los infantes se llevan a la boca, balones, carritos de plástico terminan directamente en los estómagos en forma de micro y nanopalásticos, o en el suelo como excrementos del comercio, cristalizados por el sol en los patios de esas casas de barrios humildes destilando veneno y filtrándose después al subsuelo con las próximas lluvias, mientras contaminan el suelo cercano, y otros a distancia, al depositarse en las corrientes de las aguas subterráneas?

Suficiente información científica hay que respalda mis afirmaciones. Muchos de los orígenes de estos materiales son desconocidos y por eso baratos; su contenido de ftalatos, residuos de antimonio, formaldehido, bromo, bisfenol…DHEA —sustancias que actúan como cancerígenos y disruptores hormonales— son imposibles de conocer por la mayoría de los compradores.

Y si por un rato me olvidé de los juguetes, entonces al sentarme a la mesa, si me regalaban un pastel o un tamal, me volvían a recordar el infierno de los plásticos; ya me han llegado pasteles de Navidad y bollos amarrados con hilos plásticos. Resulta que es lo más fácil de conseguir, ¿dónde quedaron las pitas de fique que amarraban bollos y pasteles? Pero aun en mi pueblo hay dos amigas: Norma y María de Lourdes, que no contaminan sus aguas de hervir bollos y pasteles con el plástico sintético.

Duele decirlo, pero son venenos disfrazados de regalos. Todavía queda mucho trabajo de salud pública por hacer, esto apenas comienza en nuestras regiones. Los benditos “influencers”, los que promueven gastronomía, en vez de mostrar sus dientes plásticos (diseños de sonrisa), deberían ocuparse de intentar que los cocineros le devuelvan a la Costa los envoltorios naturales de los alimentos: las hojas de plátano y bijao, las pitas de fique o majagua, y señalar, y educar, que el plástico sintético hace mal, sobre todo revuelto con los alimentos.

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