Hace algunos años, el hoy embajador de Colombia en Washington, Daniel García-Peña, le escribió una carta a Gustavo Petro, cuando era alcalde de Bogotá. En ella advertía algo tan sencillo como contundente: un déspota, aunque se declare de izquierda, sigue siendo un déspota. No era una frase cómoda, ni complaciente. Era una defensa clara de la democracia por encima de los afectos ideológicos.
El tiempo dio un giro interesante. Años después, ese mismo presidente que recibió la advertencia decidió nombrar embajador a quien no le habló desde la adulación, sino desde la convicción. Y es justamente ese diplomático sin estridencias, sin micrófonos, sin protagonismos, quien ha logrado amortiguar las más delicadas crisis recientes entre Colombia y Estados Unidos.
En medio de tensiones por migración, lucha contra el narcotráfico, cooperación militar y choques políticos de alto voltaje, la relación bilateral ha pasado por momentos que fácilmente pudieron escalar. Sin embargo, en los momentos más complejos, apareció la diplomacia profesional: llamadas oportunas, mensajes medidos, puentes tendidos cuando otros optaban por la confrontación. Incluso aquella llamada que ayudó a descomprimir el ambiente con Donald Trump, en un contexto particularmente sensible, fue gestionada con el cuidado que exige hablar entre Estados.
Lo paradójico es que, cuando la crisis se enfría y el incendio se apaga, aparecen otros a sacar pecho por una gestión que no lideraron. Como si la diplomacia fuera un trofeo político y no un trabajo paciente, técnico y, sobre todo, ético. La buena diplomacia no busca aplausos; busca resultados. Y por eso casi nunca hace ruido.
Este episodio deja varias lecciones. La primera, que la democracia se fortalece cuando los gobernantes saben rodearse de personas que no les dicen siempre que sí. La segunda, que el servicio público no es un escenario para egos sino para responsabilidades. Y la tercera, quizá la más urgente, que el país necesita más funcionarios que entiendan que representar a Colombia implica sobriedad, preparación y respeto institucional.
En tiempos de discursos inflamados y redes sociales que premian el escándalo, conviene recordar que hay gestiones que no se hacen a gritos, sino con cabeza fría y principios firmes. A veces, quienes más defienden al país son justamente quienes no están buscando cámara. Y eso, en política, no es poca cosa.
*Abogada con especialización en Derecho Constitucional y magíster en Derecho con énfasis en Derecho Empresarial y Contractual.

