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Columna

Ayer enterramos a tío Jose

“Hizo de todo tío Jose en la vida. Desde agricultor hasta chofer de su propio Jeep, vendedor de cachivaches…”.

Eduardo García Martínez

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Era el último de los tíos por parte de madre. Los de padre habían partido poco a poco, a medida que el tiempo pasaba y la existencia se les iba convirtiendo en humo. Era un hombre especial. Fue el menor de la familia, aunque madre, le disputaba ese honor. Decían que ella, a partir de los 40, comenzó a quitarse los años. “Jose es más viejo que yo”, decían que decía ella. Era una disputa amorosa que nunca pudo definirse. Madre se fue para siempre en 2013. Tío Jose, lo hizo ayer. Le faltaron 16 días para festejar el siglo. Todo estaba preparado para el gran jolgorio.

Los dos, madre y tío Jose, y media docena más de hermanos, nacieron en una estancia de la sabana bolivarense: La Estación, se llamaba. Era cruce obligado entre los Montes de La María y las riberas del río grande de La Magdalena, cuando apenas asomaban los primeros automotores por caminos imposibles. Madre tenía 14 años cuando padre apareció por aquellos contornos. Contrario a ella, blanca, de rizos amonados, menuda y risueña, era él mulato, fornido, serio y de buenos humores. Nadie pudo impedir el romance. Cuando se casaron, ella de 15 noviembres, él de 27, tío Jose se sintió en la orfandad. “Ya no tendré con quien jugar en los corrales, ni a quien contarles mis embustes”, dijeron que decía. Pero pronto entendió que podía echar el cuento a otras interesadas. Y supo hacerlo. Era desenfadado, buena labia, sin complejos. Conquistó muchos corazones. Sus 16 hijos, engendrados en muchos vientres distintos, lo atestiguan.

Además, cantaba con buena voz tangos, boleros, rancheras. El día en que murió había cantado su canción más querida. La había aprendido en el cine, de la viva voz de Jorge Negrete. “Pueden dejarme sin comida, pero no me pidan que deje de cantar”, decía en sus días finales.

Hizo de todo tío Jose en la vida. Desde agricultor hasta chofer de su propio Jeep, vendedor de cachivaches, jugador de gallos finos, comerciante de cueros de novillos gordos y vacas flacas, tendero de pueblo, serenatero, repartidor de barajas, crupier de lujo en las plazas de fandango, con su ruleta encantada.

Peleó como campeón contra los males de los ojos marchitos, que al final lo vencieron. Quedó sin vista los últimos años, pero siguió cantando y viendo con los ojos del alma, mientras lo mimaba Candelaria, la última de sus hijas. Se había refugiado en un pueblito hermoso, circundado de colinas adornadas con guayacanes olorosos: Flor del Monte. Ayer lo enterramos.

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