Colombia parece hoy una zarzamora oscura, hermosa por fuera, pero herida en lo profundo. Como la vieja canción ‘La Zarzamora’, llora que llora por los rincones, negra de pena, brillante de historia, y raíces fuertes de libertad y democracia.
Pero este gobierno removió la tierra sin saber curarla y desde entonces la savia corre turbia y el país llora que llora bajo el sol de cada mañana.
Un país que no duerme, que llora en silencio, que llora cada día que asesinan a un soldado, a un campesino, a un trabajador, a un líder político, a un niño, a un padre sin que nadie parezca escuchar su lamento.
Colombia, como la zarzamora, está embrujada, no por hechizos, fantasmas o conjuros visibles, por promesas rotas, por palabras dulces que terminaron siendo espinas, causándole una pena que no se va.
El embrujo es más sutil: palabras que prometieron frutos dulces y dejaron solo ramas secas, manos que decían sembrar justicia y terminaron cosechando incertidumbre e inseguridad.
El pueblo, como el cantor de la canción, no entiende del todo qué mal le hicieron, solo sabe que algo le duele, que el campo sangra, que las ciudades agonizan entre la inseguridad, robos y sicariatos; que el futuro se volvió una espera larga y cansada.
El viento trae rumores desde los campos, susurros desde los ríos cansados, y en las ciudades el asfalto también gime cuando la noche cae y no alcanza el pan ni la esperanza.
Es un llanto sin lágrimas visibles, un sollozo que se esconde en la mirada del obrero, en el silencio del campesino, en las familias afligidas cuando pierden un ser querido en un asesinato, en la paciencia agotada del joven que espera un mañana.
El gobierno que, creyéndose salvador, termina siendo una sombra, y decisiones que, nacidas en el discurso, mueren en el hambre, la inseguridad y el desaliento.
Entonces el país llora, no con gritos, sino con esa tristeza honda que cala más que cualquier tormenta.
Colombia no está rota, está herida. Y como toda zarzamora herida, sangra lento, oscurece más su fruto, pero se aferra a la tierra con terquedad de vida.
Cuando se rompa el hechizo, no con gritos, sino con verdad y democracia, la zarzamora volverá a dar sombra y alimento.
Pero mientras tanto, el país sigue cantando su pena, como copla antigua que nadie quiere oír llorando..., llorando todos los días, porque aún no se ha arrancado la espina que duele en lo más hondo.