Una cosa es alegrarse por el “fin” de la era de Maduro, y otra muy distinta celebrar una invasión norteamericana. No se puede juzgar a quien celebra el fin de su padecimiento, como tampoco a quien cree que un megalómano es su tabla salvavidas. En su verdad, es lo mejor que ha podido pasarles.
Fui migrante por un destino decidido por mi padre. Nadie dirá que fue fácil o que todo fue hermoso, pero una gran parte de mi corazón palpita allí, en consecuencia, ha reído por lo bueno y llorado por lo malo que sucede en la gran Venezuela.
Ya quisiera hablar de democracia o soberanía. Ya quisiera esgrimir los argumentos que las herramientas institucionales nos dan para avalar o desacreditar intervenciones. Sería facilista tener una postura e ignorar el clamor de un pueblo.
Desde mi lugar, es fácil indignarme. Quién quiere que el “imperialismo” se robe sus riquezas. Quién desea un bombardeo en la trastienda, quién cambiar a un narcisista por otro. Son preguntas fáciles de responder: ¡Nadie! Sin embargo, es una realidad difícil de analizar. Cuando las razones están llenas del desespero, de la angustia, del desencanto, de la desesperanza, cuando se han recorrido distintos caminos y ninguno ha dado resultados, se cae en ese lugar, en donde no importa el cómo, solo alivia el qué. Ese -qué- era la salida del poder de Maduro y salió, por eso un grueso de venezolanos celebra mientras los demás tenemos tantas preguntas, sentimos tanta incertidumbre y andamos preocupados por las cosas que puedan seguir pasando.
Nos resultan incongruentes los hechos. Si fue una salida negociada, cómo es que mataron a más de cuarenta personas. Si es una intervención para cambiar régimen, cómo sigue la cúpula de Maduro gobernando. Si es, como parece, un asunto económico y geoestratégico, cómo es que China o Rusia se han mantenido en silencio. No es que desee una mayor confrontación, es que nos gustaría entender mejor el panorama. Y aquí me surge algo mucho más inquietante: la polarización ideológica hace que emerja el ruido sobre las verdades, la desinformación y el caos, sobre la mesura y la ecuanimidad. Los apasionamientos sobre la racionalidad. Y son esas mismas pasiones las que nos arrasan como especie.
Pensemos en que los venezolanos intentaron las vías democráticas: votar, marchar, protestar, denunciar y muchas veces, sino todas, se encontraron con la represión, la manipulación, el abuso del poder. Nada de lo que intentaron cambió la triste circunstancia que los llevó a esa desazón, que no es meramente económica, o material, es vital, como ha sido el caso de la separación de las familias como fractura del sistema social, el desarraigo, como duelo de identidad y el destierro como ese vacío del desamparo y de la descolocación por no pertenecer a ningún lado.
Yo, que me creo una pacifista, no podría avalar ni justificar una intervención militar, menos de un país con transparente interés de riqueza. Porque a ellos, los venezolanos, por más que lo intentaron, les tocó irse para volver a empezar en otro destino, en un lugar que muy probablemente es hostil con ellos, pero seguro, mucho menos que de donde huyeron. Cómo le explicas a un corazón partido que no celebre por conseguir eso que anhelaba. No me siento con suficientes argumentos para sentar postura, solo practico la empatía, ellos querían una salida. Hay muchos con miedo. La incertidumbre ronda, qué desasosiego, pero al menos una lumbre de esperanza se cierne, el cambio, es un inicio, aunque atormente.

