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Columna

La competitividad de Cartagena

“Resulta difícil entender cómo una ciudad con este peso en la economía nacional convive con altos niveles de pobreza...”.

Juan Sebastián Rodríguez

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Vivimos en una ciudad extraordinariamente bella y, paradójicamente, muchas veces no lo reconocemos. Cartagena posee atributos que pocas ciudades en el mundo pueden exhibir: una historia marcada por la hegemonía militar española, murallas que aún cuentan historias de resistencia, una ubicación estratégica que la convirtió desde sus inicios en puerto comercial y una riqueza cultural forjada por la convivencia de múltiples razas y tradiciones.

En conversaciones recientes ha surgido una pregunta recurrente: ¿qué le falta a Cartagena para ser un verdadero epicentro turístico mundial? Se habla de infraestructura, de movilidad, de orden urbano y Plan de Ordenamiento Territorial. Y es cierto, hay deudas evidentes. Sin embargo, aun con esas falencias, Cartagena sigue siendo uno de los destinos más deseados del país. Su mezcla de historia, fe y devoción, playas y modernidad continúa seduciendo a visitantes nacionales y extranjeros.

Pero la competitividad de una ciudad no se mide solo por su belleza ni por la cantidad de turistas que recibe. Cartagena es, de hecho, el corazón económico de Bolívar: concentra cerca del 90 % del valor agregado del departamento y aporta alrededor del 2,35 % del PIB nacional. Son cifras que hablan de una ciudad productiva, con una base industrial, portuaria y de servicios que va mucho más allá del turismo de postal.

El problema es que ese músculo económico no se traduce de manera equitativa en bienestar. Resulta difícil entender cómo una ciudad con este peso en la economía nacional convive con altos niveles de pobreza y desigualdad. Esa contradicción es, quizás, el mayor obstáculo para su competitividad real. Una ciudad fragmentada socialmente es una ciudad que desperdicia talento, oportunidades y futuro.

A ello se suma una infraestructura urbana que no acompaña el ritmo del crecimiento económico. La movilidad es lenta, el transporte público insuficiente y el espacio público desordenado. Todo esto afecta tanto al residente como al visitante, y termina erosionando la experiencia de ciudad que Cartagena podría ofrecer.

Cartagena no necesita únicamente aumentar el número de turistas. El verdadero desafío está en tomar decisiones estratégicas, apostar por una planificación de largo plazo y construir una visión de ciudad donde la competitividad esté ligada, ante todo, a la calidad de vida de sus habitantes. Lograr que el crecimiento económico se refleje en mejor movilidad, espacios públicos ordenados, servicios dignos y mayores oportunidades para todos es el gran reto pendiente. Debemos consolidar una Cartagena competitiva no solo por su historia y belleza, sino también por su capacidad de ofrecer bienestar en el presente y sostenibilidad hacia el futuro.

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