El 3 de enero del 2026 ocurrió lo impensable: un comando élite de los Estados Unidos ingresó a territorio venezolano y capturó a Maduro. El hecho ha provocado intensos debates, buena parte de los cuales se han concentrado en tres enfoques —el moral, el legal y el ideológico— que, aunque importantes, son insuficientes y poco realistas si se quiere comprender la complejidad del momento actual venezolano, por lo siguiente.
En primer lugar, una aproximación exclusivamente ética conduce a un falso dilema: la elección entre dos escenarios moralmente inaceptables, pues existen argumentos persuasivos tanto para rechazar la invasión estadounidense —ya que el fin no justifica los medios— como para celebrar la caída de un autócrata —apelando a la lógica del mal menor—. La pregunta de fondo sigue abierta: ¿es más justo que persista un régimen de facto que ha normalizado el mal —corrupción y autoritarismo— y ha configurado una suerte de “estado de naturaleza” o que otro poder, por mano propia, lo derroque? En ambos casos opera la ley del más fuerte y, como advertía Hobbes, donde impera la fuerza no puede hablarse de justicia.
En segundo lugar, el debate jurídico ha perdido centralidad. Es indiscutible que la intervención estadounidense vulneró el derecho internacional. Pero no es menos cierto que el régimen chavista ha violado de manera sistemática prácticamente todos los tratados internacionales de derechos humanos. La diferencia es que mientras las violaciones al orden internacional del chavismo solo afectan a los y las venezolanas, la intervención extranjera pone en alerta a todos los estados. Héctor Riveros ha señalado que en Venezuela no existe Constitución. Incluso si se acepta que formalmente existe un documento constitucional, este resulta completamente ineficaz, pues lo que impera es la voluntad de un régimen que ha cooptado los poderes públicos y monopoliza la violencia, tanto institucional como paraestatal (colectivos chavistas). Todo ello, además, bajo la mirada pasiva de un multilateralismo que, hasta hoy, hizo poco para contener la deriva autoritaria del régimen.
En tercer lugar, el enfoque ideológico tampoco resulta pertinente. Como ha señalado Uprimny, la crisis venezolana no enfrenta a la izquierda con la derecha, sino a la democracia con la antidemocracia. El régimen chavista no responde a una ideología coherente, sino a la lógica de la conservación del poder y el enriquecimiento de una élite.
Por todo ello, el análisis de la coyuntura venezolana exige un enfoque político realista y pragmático. Los hechos muestran que Estados Unidos prioriza sus intereses geopolíticos y geoeconómicos —desplazar a Rusia y China, asegurar recursos energéticos estratégicos— por encima del restablecimiento democrático. A su vez, el chavismo parece dispuesto a cambiar de aliados con tal de mantenerse en el poder. Por ahora, Trump lo gana todo; el chavismo pierde algo; la oposición obtiene concesiones parciales (excarcelación de presos políticos). Pero, una vez más, quienes lo han perdido todo son los venezolanos y venezolanas.
*Profesor universitario.

