¿Cómo te llamas? Juan, aunque casi nadie me pregunta eso y a nadie le importa.
Juan tiene 8 años y duerme en la calle o donde lo alcanza la noche. A veces en un andén o bajo de un puente. No me pide dinero. Me pide algo más difícil: ser visto. No porque quiera, sino porque nadie decidió lo contrario.
Su cama es el andén, su techo la intemperie, su herencia el abandono.
¿Juan, vas al colegio? No, a veces cuido carros.
Ese “trabajo” es el fracaso colectivo de una ciudad que mira hacia otro lado. Mientras se inauguran proyectos y se repiten discursos oficiales, los niños cambian cuadernos por monedas y semáforos por aulas que nunca conocieron.
Le pregunto: ¿Qué comes? Baja la mirada, el silencio responde. Ese silencio es el mismo que atraviesa el Centro Histórico, Bazurto, Olaya, mientras Cartagena se muestra al mundo como postal perfecta y esconde a sus niños bajo la alfombra del turismo.
Juan, ¿qué quieres ser cuando grande? No sé si voy a llegar a grande.
Cuando un niño duda de su futuro, el problema no es él: es la sociedad que lo expulsó del presente. La frase duele. No porque falte talento, sino porque sobra indiferencia. Hay niños que no juegan, no sueñan, no esperan. Sobreviven. Y un niño que solo sobrevive aprende a desconfiar de la vida.
Juan, ¿tienes miedo? Sí, de la gente mala, de la noche, porque la noche no perdona. En ella hay golpes, amenazas, explotación y abuso.
Muchos niños como Juan son maltratados, utilizados, abusados física y sexualmente sin que nadie los cuide, los defienda, ni los escuche cuando denuncian; casi nadie actúa.
Juan tampoco confía en la autoridad. Ha aprendido que la protección casi nunca llega y en medio de ese abuso, ve pasar un motorizado a quien mira con mirada de auxilio, pero no lo ve.
¿En qué momento aceptamos que un niño le tenga miedo a la noche? Cuando decidimos que la infancia podía perderse en los semáforos sin que eso nos quitara el sueño. Que un niño le tema a la noche debería avergonzarnos como ciudad. Que le tema a la autoridad debería escandalizarnos. Pero nos acostumbramos. Convertimos la indigencia infantil en paisaje urbano y la llamamos “problemática social” para no llamarla por su nombre: abandono institucional.
No faltan diagnósticos, faltan decisiones. No faltan recursos, falta voluntad. No faltan leyes, falta cumplimiento.
Juan, ¿qué necesitas ahora? Comer, dormir tranquilo.
No piden limosna ni juguetes. Exigen lo básico: protección, alimento, cuidado, descanso, seguridad; nada extraordinario. Derechos que el Estado promete y la ciudad incumple. Porque cada niño en la calle es una derrota del Estado y una vergüenza colectiva. Nada que no sea obligación del Estado y compromiso de la sociedad.
Mientras se discuten competencias entre entidades, los niños pasan hambre, se enferman, se drogan y envejecen antes de tiempo en las calles que no solo les roban la infancia: también los exponen al abuso; aprenden demasiado pronto que su vida vale poco.
Una ciudad con indigencia infantil es moralmente inviable.
¿Qué será de la vida de Juan y de cientos como él, entre el abandono?
