Como católico no practicante, pero sí cristiano, me acostumbré a estudiar y a cuestionar la religión desde mis primeras chispas de conciencia existencial, estudiando las sagradas escrituras y leyendo libros apócrifos, esotéricos y místicos. Uno de los aspectos que siempre me llamó la atención es la forma cómo los fieles cifran su vida y destino a Dios, con expresiones como “Si Dios quiere o si Dios permite”.
Desde que comenzó a creer hace 70.000 años en la existencia de un ser más poderoso que él, el hombre tomó la decisión de atenerse a la voluntad de esa divinidad. Se imaginó que ese ser controlaba la naturaleza, decidía cuándo habría buen clima, qué tan abundantes serían las cosechas, o si tendría éxito en sus viajes de exploración y caza. Por eso surge la expresión “Si Dios quiere”.
Dios, como se quiera concebir, es la fuerza creadora y regidora del Universo. El dio origen a las galaxias, a los planetas y a todos los cuerpos estelares, y estableció las leyes que rigen el destino de todo lo que ellos contienen. La ciencia ha identificado cuatro leyes físicas que son inmutables: la gravedad, el electromagnetismo, la fuerza nuclear débil y la fuerza nuclear fuerte. Son las leyes que rigen la materia. Por otro lado, las antiguas escuelas de misterios descubrieron e identificaron las leyes metafísicas que rigen la vida espiritual. Ellas son: mentalismo, correspondencia, vibración, polaridad, ritmo, causa y efecto, y generación.
Lo que determina lo que sucede en la vida de las personas es la reacción natural y mecánica de las leyes físicas y metafísicas, en respuesta a la forma como ellas, las personas, manejan el libre albedrío. Si las actuaciones son benéficas, positivas o correctas, la consecuente reacción en los aconteceres de la vida es correspondiente a esa condición. Por el contrario, si las acciones son negativas, también esa calidad negativa tendrá las reacciones y consecuencias en la vida de las personas.
Acorde con su nivel de evolución y conciencia, el ser mantiene un equilibrio en su vida; sin embargo, la acumulación de sucesos de diferentes niveles de vibración energética, van alterando ese equilibrio. Con el tiempo y el entorno, esa armonía se rompe, y trae como consecuencia la aparición de un evento que buscará su regreso. Dependiendo de la polaridad que se requiera para lograr ese restablecimiento, el evento puede ser catastrófico o agradable.
La fe en un Dios benevolente y salvador es común en todas las religiones. Los fieles esperan Su intervención para alcanzar el éxito en las metas individuales, o para frenar o solventar las dificultades y amenazas de la vida. Surge entonces la creencia en los milagros. Es cuando los creyentes dicen acertadamente: “Si Dios quiere”, pues son Sus leyes las que determinarán si el milagro es merecido o no.

