La captura de Nicolás Maduro no es solo el final de una huida; es el inicio de una verdad que durante años se intentó aplazar entre discursos cómodos y silencios cómplices. Yo lo digo sin rodeos: cuando cae un dictador, no cae solo. Cae con él la red que lo sostuvo, lo financió, lo justificó y lo defendió dentro y fuera de Venezuela. Por eso hoy no hay serenidad en ciertos sectores del poder, sino temor. El ventilador se encendió y nadie sabe hasta dónde llegarán los escombros… y a quienes terminará golpeando.
Maduro fue la cara visible de una estructura criminal, pero jamás actuó solo. Gobernó apoyado en militares corrompidos, mafias internacionales, testaferros, carteles del narcotráfico y aliados políticos que se beneficiaron del caos. Durante años advertimos que Venezuela no era una simple “crisis política”, sino un Estado capturado por el crimen organizado. Hoy, los hechos nos dan la razón.
La historia lo demuestra: cuando un régimen autoritario se derrumba, el silencio se rompe. Los leales se vuelven testigos, los fanáticos buscan refugio y los que justificaron lo injustificable empiezan a borrar trinos, videos y discursos. La captura de Maduro abre la puerta a confesiones, expedientes y delaciones que no se quedarán en Caracas.
Y aquí es donde Colombia debe mirarse al espejo. Durante demasiado tiempo se relativizó la amenaza, se legitimó al régimen y se normalizó una relación que nunca fue diplomática, sino peligrosa. Se ignoraron advertencias, se desacreditó a quienes denunciamos y se prefirió la conveniencia ideológica a la seguridad nacional. Hoy, con Maduro capturado, esas decisiones quedan política y moralmente expuestas.
Lo que viene ahora es aún más grave: empezarán a aparecer los nombres. Los acuerdos ocultos, las rutas ilegales, los apoyos financieros, los favores políticos y los silencios estratégicos. No por arrepentimiento, sino por supervivencia. Cuando el poder se derrumba, la lealtad deja de ser virtud y se convierte en una carga.
Este hecho también reordena el tablero regional y geopolítico. Cae el mito de la impunidad eterna y se envía un mensaje directo a otros proyectos autoritarios que aún se creen intocables: el poder sin ley siempre termina enfrentando a la justicia. Puede tardar, pero llega.
No se trata de revancha política. Se trata de verdad, de responsabilidad y de memoria. América Latina tiene hoy una oportunidad histórica para demostrar que la democracia no se negocia y que las dictaduras no se maquillan, se desmantelan. Porque cuando cae el dictador, no solo se libera un país: se desnuda toda una red de complicidades.
El ventilador ya está encendido. Y esta vez, la verdad no tiene cómo apagarse.

