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Columna

Sabotaje a la felicidad

“Permitamos que la felicidad se siente a nuestro lado sin espantarla. La verdadera riqueza no está en tener mucho, sino en necesitar poco”.

Enrique Del Río González

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La felicidad es ese estado interior independiente de posesiones, estatus o logros materiales, parece a veces un pájaro tímido, es frágil, silencioso, siempre a punto de emprender el vuelo. Extrañamente, somos nosotros mismos quienes agitamos los brazos y lo espantamos; de igual modo, insistimos en buscar nubes incluso en el cielo más azul. Nos empeñamos en encontrar defectos en medio de la perfección, aun cuando la vida nos regala instantes de pura dicha.

En nuestro interior habita un saboteador silencioso. Es esa voz que, ante la sonrisa espontánea que brota sin razón aparente, susurra que algo falta y que no deberíamos sentirnos plenamente; que la felicidad es sospechosa si no viene acompañada de preocupaciones. Hemos aprendido a ser desagradecidos y enfrascarnos en desconfiar de la calma y la alegría, como si la satisfacción plena fuera una alucinación.

Así convertimos pequeñas incomodidades en grandes tormentas, desdeñando el tesoro de cada momento simple, con la ingratitud. Cada día nos ponemos trabas invisibles; buscamos la mancha en el lienzo blanco creyendo quizá que la vida no puede ser tan buena sin un precio qué pagar o que nunca es suficiente con lo que ya tenemos. Esta insatisfacción constante es un escudo que nos protege del miedo a perder lo que nos hace felices, pero que irónicamente nos hace infelices.

Mientras tanto, la alegría brilla humildemente en las cosas sencillas que nos rodean. Son instantes diminutos que, si les prestamos atención, se revelan inmensos. Sin embargo, con demasiada frecuencia pasamos de largo, ciegos ante estos regalos cotidianos, pensando que siempre hace falta un ‘pelo pa’ la peluca’ e ignorando que tenemos cosas que muchos adolecen y aun así son felices, como la salud.

Y no se trata de ser conformistas, sino de no limitar la felicidad a la consecución de bienes y logros, porque para ser felices no se requieren riquezas materiales; a veces simplemente nos espera en silencio, en la calidez de una mano amiga en mitad de una tormenta o en el sosiego de mirar el cielo estrellado en la noche más oscura.

Detengámonos un momento en esta carrera constante. Seamos agradecidos y permitamos que la felicidad se siente a nuestro lado sin espantarla. Hagamos las paces con la serenidad y la gratitud. Recordemos, como enseñaban los estoicos, que la verdadera riqueza no está en tener mucho, sino en necesitar poco.

Al final, este es un elogio a la felicidad que habita en lo cotidiano; es una invitación a redescubrir la belleza diminuta pero gigante, que late en cada respiro, en cada rayo de sol y en cada gesto de bondad que nos toca el alma. Si dejamos de autosabotear nuestra alegría y aprendemos a agradecerla, tal vez descubramos que la felicidad siempre estuvo ahí, esperándonos en la simplicidad de cada día, sin exigir nada a cambio.

PD: Que la conciencia de la felicidad nos llegue este 2026 ¡Feliz año nuevo!

*Abogado.

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