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Cultural

Sobre duelos y dolientes

“Esta decisión que, al parecer no contempla alternativas, deja a su paso una estela de dolor, perplejidad y frustración, sobre todo, porque al día de hoy desconocemos las razones”.

Sobre duelos y dolientes

Entrevista a la viceministra de Patrimonios, Memorias y Gobernanzas Cutural, Saia Vergara Jaime. // Foto: El Universal.

Saia Vergara Jaime

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Estoy desayunando con un amigo que acaba de perder a su madre. Por momentos siento que su dolor se conecta con el mío o el mío con el suyo. Ya no sé. Es difícil describirlo porque el duelo te deja sin aliento, sin palabras. Recuerdo con añoranza a mi difunto padre y siento su voz susurrándome al oído: “cada día es uno menos. Por eso hay que vivir con intensidad y plenitud”. Vuelvo a la conversación con mi amigo.

Hablamos sobre la vida, los seres queridos, la costumbre de felicitar la Navidad y los cumpleaños, sobre la importancia de los rituales. Busco en las fotos del teléfono alguna imagen donde pueda encontrar de nuevo la sonrisa de mi padre; evocar sus chistes, la última Navidad de 2021. Me topo con un recuerdo entrañable: estamos con él, mi esposo, nuestro bebé y mi madre en el Centro de Formación de la Cooperación Española en Cartagena (CFCE) inaugurando “SE REBUSCA”, mi primera exposición individual en Colombia. A partir de 32 fotografías impresas en lienzo, me lancé a reflexionar sobre la imparable gentrificación del Centro Histórico de Cartagena y la consecuente desaparición de vendedorxs ambulantes y estacionarios que habían sido protagonistas de nuestros paisajes cotidianos, de la vida compartida durante las últimas décadas en las antiguas plazoletas de Telecom y La Matuna.

Cuando en 2011 concebí ese proyecto, como buena gestora cultural, me dediqué a tocar incansablemente puertas de instituciones públicas y privadas, locales y nacionales para materializarlo. El proyecto generaba entusiasmo, alababan la belleza de las imágenes digitales y la importancia del tema pero siempre había algo que impedía su financiación que, por cierto, era mínima dado que lxs artistas tenemos la pésima costumbre de no incluir nuestros honorarios en los presupuestos, como si los proyectos se hicieran solos. Un afortunado día pude conversar con la entonces directora del CFCE, Mercedes Flórez, y de inmediato puso a disposición los recursos necesarios y suficientes para producir la exposición, incluido el uso de la hermosa sala durante tres meses, el cóctel de inauguración, la cobertura en prensa y el uso de un salón donde se programaron espacios pedagógicos que invitaron a la ciudadanía a reflexionar sobre la amenaza gentrificadora en San Diego y Getsemaní que, por aquel entonces, ya empezaba a transformarse en “Jetsemaní”. A la inauguración asistieron lxs vendedorxs desplazadxs y algunos desaparecidxs que logré encontrar. No podían creer que un lugar tan espléndido, en pleno centro de la ciudad más exclusiva de Colombia, exhibiera sus rostros, sus antiguos puestos de trabajo, y pusiera en valor sus oficios sencillos pero imprescindibles en las lógicas de la vida de barrio: la venta de frutas, verduras, pescado, lotería y chance, tenis y sandalias, “rajpao” y minutos; reproducción de llaves; el afilado de cuchillos; la reparación de zapatos, maletas y electrodomésticos. Fue una felicidad compartida que jamás olvidaré. La siguiente exposición que organicé en esa misma sala, en 2015, fue “Anónimas extraordinarias”, a partir de una serie de Señal Colombia ganadora de un Premio India Catalina en la que había participado como fotógrafa el año anterior, y que ponía en valor la incansable labor de mujeres populares, heroínas sin reconocimiento, en distintasregiones del país. Muchas de ellas también estuvieron en la inauguración y experimentaron la misma alegría de nuestrxs entrañables vendedorxs.

Saia Vergara, viceministra de Patrimonios, Memorias y Gobernanzas del Ministerio de Culturas. // Foto: El Universal.
Saia Vergara, viceministra de Patrimonios, Memorias y Gobernanzas del Ministerio de Culturas. // Foto: El Universal.

Hacia 2018 conocí a la nueva directora del CFCE, Sofía Mata, a quien ofrecí el proyecto, “Siesta callejera”, una colección de retratos que había ido formando durante diez años. Las fotografías, impresas en sutiles velos que colgarían por toda la sala, buscaban representar la fragilidad de lxs vendedorxs que aún quedaban en las calles del centro, mientras hacían su siesta al medio día. Quería reflexionar, a través del humor y de la belleza cotidiana, sobre el derecho al uso del espacio público, las redes de confianza que se forjan en la calle y la situación de vulnerabilidad de quienes, ante el avance de la turistificación, veían amenazados sus lugares de trabajo que concebían multifuncionales: además de vender mercancías, bienes y servicios, ahí comían, jugaban, hacían vida social y también la siesta al medio día. Personas sin garantía de nada, sin derechos laborales a pesar de haber ocupado esos espacios públicos durante décadas, estarían ocupando de nuevo esa bellísima sala de exposiciones. La entonces directora no dudó en financiar el proyecto, la cobertura mediática, los espacios pedagógicos y la impresión de un catálogo de 50 páginas a todo color que se entregó a varias bibliotecas en Colombia y España. Para una artista emergente como yo, crítica frente al cuestionable progreso de una ciudad-escenografía que solía darle la espalda a quienes más protección y garantía de derechos necesitaban, habría sido casi imposible encontrar apoyo para el desarrollo de proyectos de esta naturaleza.

Estoy segura de que personas que conforman colectivos locales y nacionales de danza, teatro, circo, artes plásticas, música, cine, literatura; organizaciones de mujeres, de ambientalistas, defensorxs de derechos humanos, periodistas y sobrevivientes del conflicto armado pueden contar cientos de historias como las mías. Porque el CFCE, desde que abrió sus puertas al público en 2004, ha sido morada, nido, refugio y plataforma para artistas, activistas, intelectuales y servidorxs públicxs. Y ha sido oasis para la ciudadanía del común, que poco acceso tiene a los suntuosos inmuebles del Centro Histórico, y que ha encontrado siempre ahí una programación cultural, social y política de calidad, y gratuita.

Cuando pongo en el buscador de mis fotos “Centro de Formación” aparecen imágenes de todos los años. Veo con especial cariño y gratitud las de los talleres que financió en 2014 junto con ONU mujeres, en los que colectivos de todo el país aportaron sus reflexiones para darle a los Acuerdos de paz un enfoque de género, toda una novedad por aquel entonces. También repaso las de los inolvidables Laboratorios de Innovación Ciudadana (LABIC) de la SEGIB, que con el tiempo se han posicionado en el mundo como metodologías ágiles para plantear soluciones a problemas complejos y han recibido varios reconocimientos internacionales. También repaso con nostalgia las fotos-recuerdo del Curso de iluminación escénica, del de diseño gráfico y del diplomado en Gestión de proyectos de Cooperación Internacional que hice; las de las distintas ediciones de los festivales de cine, de música, teatro y literatura que dinamizaron en términos culturales y económicos a la ciudad. Me conmueven las fotos de las vacaciones recreativas a las que asistió mi hijo durante tantos años; las de los mercados culturales que el CFCE ha acogido siempre con generosidad y que han posibilitado, no solo el acceso y garantía de los derechos culturales de la ciudadanía, sino también el impulso a carreras artísticas (como la mía), la concreción de millonarios negocios para el sector de la cultura, y el fortalecimiento de redes y plataformas de todo tipo en el ámbito nacional e internacional.

En los teléfonos de más de un millón de funcionarixs de Colombia, Latinoamérica y el mundo debe haber imágenes de los cursos de formación gratuita sobre administración pública y recursos humanos que seguramente también les cambiaron la vida. Todo esto y muchas cosas más han sido posibles gracias a que ese pequeño gran enclave del Estado español ha contribuido a financiar el desarrollo cultural y social de Cartagena y de la región, así como los procesos de construcción de paz en todo el país. En este espacio sin precedentes ni parangón en nuestra ciudad, que ha permitido durante tantos años el intercambio de conocimientos y experiencias, tanto locales como foráneos también hemos podido contribuir desde distintas orillas a fortalecer y salvaguardar nuestra democracia.

Con la no renovación del comodato que suscribieron la Arquidiócesis de Cartagena y la Agencia Española de Cooperación Internacional para el Desarrollo (AECID) para la restauración, uso y mantenimiento del Claustro de Santo Domingo hasta 2027, la ciudad y la región pierden no solo el acceso a una programación y unos espacios únicos sino, más grave aún, a la posibilidad de que la ciudadanía pueda seguir ejerciendo sus derechos culturales y sociales como lo ha hecho en los últimos veinte años.

Esta decisión que, al parecer no contempla alternativas, deja a su paso una estela de dolor, perplejidad y frustración, sobre todo, porque al día de hoy desconocemos las razones. Al día de hoy no sabemos si vamos a perder un espacio donde se fortalecen las economías culturales y se ofrece formación gratuita en democracia y administración del Estado para ganar un hotel boutique más, un centro de eventos privado o unas oficinas. Desconocemos si esta decisión ha valorado el servicio público que presta el CFCE a Cartagena y el Caribe, y los beneficios que genera para el país.

Pensar en que vamos a perder una excelente biblioteca pública, una sala de exposiciones a la que pueden acceder artistas de todas las clases sociales, salones dignos para la realización de actividades pedagógicas, un patio de ensueño donde se puede ver gratuitamente cine, danza y teatro, donde se escuchan conciertos y se hacen encuentros de negocios culturales, es una noticia devastadora.

No tenemos conocimiento de si se ha tomado en cuenta que con el cierre del CFCE, además, se verán afectadas de forma directa 260 personas y más de mil, si contamos a lxs actuales proveedorxs. Ojalá que la Arquidiócesis, haciendo honor al legado de Jesús, le dé la oportunidad a la ciudadanía que menos tiene de seguir contando con un refugio, un oasis, con el hogar de muchxs de nosotrxs que hoy podemos seguir sirviendo al país gracias también, y entre otras, a que alguna vez tuvimos el apoyo de este Centro de Formación cuando se nos cerraron todas las demás puertas.

Ojalá que se valore el hecho de que hay una ciudadanía que en ese Claustro encuentra alimento espiritual y cobijo gratuitos. Ojalá que los recuerdos que todxs tenemos guardados en los teléfonos, de momentos que han cambiado nuestras vidas en ese lugar, no se conviertan en una añoranza dolorosa de un pasado mejor. Ojalá que la voz de muchxs se alce para contarle a quienes toman las decisiones que llevamos más de veinte años convirtiendo al Claustro de Santo Domingo en un espacio de todxs donde, además, hemos fortalecido nuestra vida en común pero también nuestras trayectorias profesionales y, por eso mismo, hace parte de nuestras más entrañables espacios de encuentro. Ojalá que la gentrificación no haya tocado las puertas de la Arquidiócesis y alcanzado este espacio porque sería el más devastador de los mensajes para mantener la esperanza en las instituciones que nos cuidan el alma. Ojalá que la compasión cristiana y el servicio a la mayoría, entre ellos los más necesitados y excluidos, prime en el corazón de quienes pueden considerar otras alternativas que no conduzca al letal cierre del CFCE. Ojalá que la Arquidiócesis logre dimensionar el dolor que nos generaría esta inconmensurable pérdida colectiva que aún puede ser evitada.

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