Siempre he aprendido que no hay Navidad sin Jesús. En esta época del año, en mi corazón, la vida cambia de ritmo, me vuelvo más alegre, más festivo, con más añoranza y más sentimental.
Recuerdo desde siempre que las calles se llenan de más color, se genera en la ciudad un sentimiento de compartir más y ser más solidarios. Se rescatan las recetas que hacían nuestras abuelas y se comparten nuevamente en la mesa.
Los comercios aumentan sus ventas y también las promociones, el turismo se incrementa en grandes proporciones y también el anhelo de generar ingresos para que el año 2026 sea mucho mejor.
En ese sentido, Cartagena –uno de los principales destinos turísticos de Colombia– refleja con cifras ese pulso festivo y económico que caracteriza la temporada navideña. Durante la temporada de fin de año y los primeros días de enero de 2025, la ciudad recibió aproximadamente 764.046 visitantes, cifra que representó un aumento del 31,7% respecto al mismo periodo del año anterior.
De esos visitantes, más del 76% llegaron vía aérea por el Aeropuerto Internacional Rafael Núñez, mientras que el resto lo hizo por vías terrestre y marítima, incluyendo cruceros que complementan la oferta turística de la región.
Además, los datos oficiales muestran que Cartagena sigue consolidándose como destino internacional, pues en 2024 la ciudad atrajo más de 850.000 turistas extranjeros, cifra récord que representa una parte importante del flujo turístico internacional hacia Colombia.
Estas cifras no solo significan movimiento de personas, sino impacto económico, empleo y oportunidades para miles de familias, comerciantes, artesanos y la comunidad que hace de Cartagena un lugar de encuentro. El turismo no es solo números; es esperanza, ilusión y la posibilidad de un futuro mejor para quienes vivimos en esta tierra de historia y mar.
Los regalos de los niños siempre me proporcionan gran alegría, emoción y amor. En sus miradas se refleja la esencia más pura de la Navidad: la capacidad de ilusionarse con lo sencillo y de agradecer sin condiciones. Ellos nos enseñan que la alegría no está en el valor de lo que se recibe, sino en el gesto de quien lo entrega.
Navidad es un tiempo para detenernos y mirar hacia dentro. Para recordar a quienes ya no están, para agradecer lo vivido y para reconciliarnos con lo que somos. La añoranza aparece, inevitablemente, pero no como tristeza, sino como memoria agradecida de un camino recorrido.
Celebrar la Navidad es volver al origen. Es reconocer que Dios se hace cercano, pequeño y humilde, y nos recuerda que el amor sigue siendo el centro de todo. Que incluso en un mundo competitivo, hay espacio para el encuentro, la solidaridad y la esperanza compartida.

