Por: Christian Álvaro Ayola Gómez

Nuevo Gobierno, altas expectativas en Bolívar
TATIANA VELÁSQUEZEl veneno ha acompañado a la humanidad desde la antigüedad como instrumento de poder, venganza y control. El envenenador se distingue por su planificación meticulosa, acceso privilegiado a sustancias y una necesidad de dominio sobre la vida ajena. Su perfil psicológico forense revela manipulación, evitación del conflicto directo y déficit empático que le permite administrar la muerte con frialdad. Prefiere la distancia psicológica que ofrece el veneno, evitando la confrontación física y delegando en la sustancia tóxica la ejecución de su voluntad.
Los estudios criminológicos muestran que muchos envenenadores provienen de ámbitos donde obtuvieron conocimiento sobre tóxicos. También aparecen cuidadores domésticos y personas con proximidad a los alimentos o medicinas de la víctima. Las motivaciones son diversas: ganancia económica, venganza, eliminación de obstáculos o búsqueda de poder. Existen variantes clínicas como el síndrome de Munchausen por poder, en el que el agresor daña a terceros para obtener atención; o el envenenamiento serial, caracterizado por dosis pequeñas administradas de forma crónica para simular enfermedad. Aunque la tradición popular asocia el veneno con mujeres, las estadísticas revelan que los hombres también recurren a este método pero con menor frecuencia. En todos los casos, la historia vital del perpetrador suele estar marcada por frustraciones y relaciones disfuncionales.
La toxicología, disciplina que estudia los efectos adversos de los agentes químicos sobre los organismos vivos, encuentra en el veneno su objeto clásico de análisis. Sin embargo, en la modernidad surge un desafío más complejo: la disrupción endocrina. A diferencia del envenenamiento intencional, los disruptores endocrinos son sustancias presentes en el entorno cotidiano —plásticos, pesticidas, metales pesados— que interfieren con el sistema hormonal de manera inadvertida. Lo que los hace especialmente peligrosos es su capacidad de generar efectos significativos en dosis muy bajas, desafiando el principio paracelsiano de que “la dosis hace el veneno”.
La investigación científica ha identificado compuestos capaces de alterar la producción y acción de las hormonas. Sus efectos abarcan desde malformaciones congénitas y trastornos reproductivos hasta obesidad, diabetes tipo 2 y cánceres hormono-dependientes. En el ámbito ambiental, se han documentado fenómenos de feminización de machos, infertilidad y cambios conductuales en especies silvestres, lo que demuestra que el problema trasciende la salud humana y afecta la biodiversidad. La toxicología moderna se convierte así en una ciencia crítica, que exige nuevas metodologías de detección y regulación estricta.
Otro tipo es el envenenador psicológico quien suele presentarse como líder, agitador o comunicador carismático, no porta polvos letales, sino palabras, gestos y narrativas que penetran en la mente colectiva. Su veneno es intangible: el odio, la desconfianza y la división, manipula emociones y percepciones, explotando carencias de criterio y vulnerabilidades sociales para instalar resentimiento en el corazón de la multitud. ¿Alguien conoce uno?
