En su acepción científica, la simpatía es un fenómeno físico que se manifiesta en el campo de la acústica: define la facultad de un cuerpo vibratorio de inducir su vibración en un cuerpo en reposo colindante. Una demostración simple consiste en acercar a la boca de una guitarra la suya propia, y cantar allí las frecuencias de sus cuerdas abiertas: sin rozarlas siquiera, entrarán en vibración. De existir un medio material —gaseoso, líquido o sólido— para que viaje la onda, esta influirá en todo cuerpo apto situado a su alcance. Cuando el tránsito de un vehículo pesado provoca el traqueteo de ventanas, ello también se debe a la simpatía. Idéntica ley universal guía a arquitectos en su estudio de las ondas estacionarias, con el fin de evitar fallas estructurales achacables a factores acústicos.
Las cuerdas simpáticas se emplean hace muchos siglos en cordófonos, desde instrumentos clásicos hindúes como el sitar, el sarod o el sarangi —cuya etimología alude a su rico colorido armónico—, hasta la luthería asiática y europea. En el Barroco, instrumentos como la viola de amor y el barítono disponían de un juego de cuerdas adicional posicionado bajo el principal, facultando efectos de timbre y resonancia. En otros cordófonos como el arpa, el piano (sin apagadores) o la guitarra, una cuerda activa pone a vibrar a las adyacentes que correspondan a sus armónicos. Fue esta la principal razón por la que Narciso Yepes ideó su famosa guitarra de 10 cuerdas, que le permitió extender la resonancia natural del instrumento a todo el ámbito cromático, además de acceder al repertorio de laúd en su registro original.
Para producir simpatía entre dos cuerdas, estas deberán afinarse en razón geométrica directa o muy estrecha; de no disponerse así, ninguna hará vibrar a la otra. Esta realidad física admite una analogía social con ecos de otras acepciones del vocablo en titular, conceptuándose los ciudadanos como cuerdas de un instrumento; observada así Cartagena, se antoja vihuela desafinada, cuyas cuerdas —antipáticas, por antonimia— no atinan a armonizar sus frecuencias. Portadas por medios extrínsecos a la acústica, que distorsionan el mensaje y avasallan las sutiles proporciones por las que se rige su inteligibilidad, ciertas voces sepultan a otras, encallando diálogos y acallando ideales colectivos.
Mientras se publicita un folclorismo identitario de fachada junto a la noción de que la administración distrital le brinda una escucha transversal a sus representados, hay en verdad muchas cuerdas —apagadas por trascender un costumbrismo reduccionista— que no podrán vibrar hasta que se retire su apagador y se respete su afinación. Será difícil, pues la experiencia acredita que aquí la crítica suele contemplarse menos como oportunidad de crecimiento que como motivo de censura.

