Desde el año pasado, viene in crescendo una crisis en la gobernanza institucional de las universidades públicas del país. Quizás el caso más paradigmático es el de la Universidad Nacional, en donde el Consejo Superior Universitario (CSU) inicialmente designó a Ismael Peña, pese a no haber obtenido la mayoría de los votos en la consulta interna de la que participaron los estamentos universitarios y, posteriormente, ante las presiones del Gobierno, nombró a Leopoldo Múnera, quien goza de un amplio aprecio entre los estudiantes. Sin embargo, recientemente el Consejo de Estado declaró nulo el nombramiento del profesor Múnera y, previamente, la misma corporación había declarado válida la elección y posesión del profesor Peña, quien por ello considera que el CSU debería reintegrarlo al cargo de rector que venía desempeñando hasta cuando lo sustituyeron por Múnera; pero, contrario al sentido común y - a mi juicio- al orden jurídico, acaba de encargar a un rector provisional.

Elección Contralor Distrital de Cartagena
Jimmy Jesus Martínez MuñozEste escrito no trata -a pesar de su importancia- sobre la legalidad del nombramiento del rector de la Universidad Nacional, sino sobre la discusión que subyace a este hecho, que -me parece- contrapone dos visiones sobre la manera en que debe elegirse al rector en las universidades públicas colombianas, pues para unos, deberían ser escogidos democráticamente en una elección directa de la que participen estudiantes, profesores y administrativos y, para otros, la escogencia de rector debería -como en la actualidad- hacerse mediante la convocatoria de una consulta interna que no es vinculante y que tiene como único propósito conformar el ramillete de candidatos, de entre los cuales el CSU designará al que considere “mejor” para el cargo. Se trata, en el fondo, de una discusión filosófica antiquísima, presente desde los griegos y que opone al gobierno de “el pueblo” (demos), el gobierno de “los mejores” (aristos), si se quiere, contrapone democracia y meritocracia.
La pregunta es entonces si en el gobierno universitario debe primar “demos” o “aristos”. La respuesta no es tan sencilla porque, primero, si bien la democracia es el mejor procedimiento para decidir sobre cuestiones que involucran a los valores morales o políticos (justicia, igualdad, etc.), tiene límites cuando lo que se cuestiona es la verdad o el mérito, por ejemplo, la fuerza de gravedad seguirá existiendo aún si por mayoría los científico deciden lo contrario; segundo, porque si hay algo que caracteriza a la universidad es el mérito, entonces, no parecería correcto que por más apreciado que fuese un profesor de filosofía podría enseñar mecánica cuántica. De manera que -a mi juicio- la respuesta es: ni sólo “demos”, ni sólo “aristos”. Siguiendo la fórmula aristotélica del “justo medio”, la legitimidad de la elección de un rector exigiría una combinación de democracia y meritocracia, por tanto, el quid del asunto es ¿cuánto de democracia y cuánto de meritocracia?
*Profesor universitario.
