Los parámetros de la vida no son tan numerosos como sus posibilidades combinatorias, por lo que no existe ninguna rueda suelta en sus representaciones. De acuerdo con la naturaleza cíclica de nuestras vidas y del universo, todo descubrimiento es necesariamente un redescubrimiento, así como está escrito (Ecl.1:9). Esto sucede porque hay reglas ineludibles, como las físicas y electromagnéticas, que son precisamente las que gobiernan nuestras frágiles —y limitadas—vías perceptivas. La modernidad no obedece solamente a una voluntad reactiva o antisocial, sino que emana del espíritu esencialmente progresista de la especie humana. En la sana rebeldía juvenil, antes de transitar por la adultez la apisonadora, cada generación le da forma y fondo a sus inquietudes y paradigmas. La estilización creativa de este fenómeno —de origen bioquímico y espiritual— motiva la reinvención de las reglas, la trasmutación conceptual, la hibridación de contrarios en hegeliana síntesis y, en suma, la transgresión de lo establecido.
Como cada instancia de modernidad, es relativa aquella que se percibe en la música de Mejía, en la narrativa de Gabo, en el surrealismo de Grau o en los sonetos —en apariencia arcaicos— de Luis Carlos López. Es relativa, ante todo, a aquel constructo social, ético y estético al que se antepuso y enfrentó, siéndolo también a lo vivencial, configurado en cada ciudadano de ese statu quo. Por esa razón, los niños no se aterran con la música de Ligeti como lo hace un adulto con la oreja curtida por Mozart, el góspel o Diomedes Díaz, por ejemplo. Además, entre lo novel y lo antiguo existe a menudo un puente directo, como el que conecta las obras del gran Perotino con las de Steve Reich, casi ocho siglos después.
La modernidad de la ‘Pequeña Suite’ de Mejía, al compararse con lo que sucedía en la música académica en 1938, no parece tan impactante. En ese año, Silvestre Revueltas componía en México su obra maestra ‘Sensemayá’, y en Europa el mismo Stravinski se había alejado de su estética revolucionaria para abrazar un austero neoclasicismo, mientras Bartók había resignificado el folclor en un nuevo sistema y que Webern cargaba el cerebral dodecafonismo hasta el umbral de sus consecuencias serialistas.
Dicho esto, la ‘Pequeña Suite’ puede entenderse como más moderna que las evocadas, por la improbabilidad de su eclosión en un entorno tan referencialmente inmaduro en experiencias modernas, siendo por ello más nítida su huella, pues no debió resultar evidente hacer ingresar la modernidad —con una acuidad holística y responsable— en un lugar tan premoderno como Colombia. La obra de Mejía actúa no solo en el plano reflexivo sino en el sensual, respetando el registro natural en que la modernidad honesta —la que reconoce a sus ancestros— brota en Latinoamérica.