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Columna

El maestro Carlos Gaviria Díaz

Cargaba con una “debilidad” que hoy es un problema: era en extremo decente, con una conducta intachable.

Orlando Díaz Atehortúa

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El maestro Carlos Gaviria Díaz fue mi profesor en la asignatura “Introducción al Estudio del Derecho”, en la Universidad de Antioquia. Siempre llegaba puntual a su cátedra, con su cabellera blanca y luenga barba. Vestía, por lo general, de manera casual.

Era un deleite escucharlo. Iniciaba con la filosofía griega y, poco a poco, nos introducía en el análisis de Bertrand Russell. Los diálogos sobre el poder, de Foucault, estaban a la orden del día. En cuanto a la estructura de la norma jurídica, estudiábamos con detalle la teoría de Kelsen.

En fin, el maestro era una verdadera lumbrera. Uno de sus fuertes era el manejo de la ética kantiana, especialmente el punto sobre la dignidad humana: “Trata a la humanidad, tanto en tu persona como en la de los demás, siempre como un fin en sí misma y nunca simplemente como un medio”.

La ética, fundamentada en el deber, era reiterada en frases como: “Haz que tu acción, por pequeña que sea, se convierta en una ley universal”. Así, nos enseñaba que es posible realizar pequeños pasos para alcanzar unas metas, de manera intencional y en coherencia con un valor o principio ético.

Veamos un ejemplo: aunque mi adversario tenga una ideología diferente, debo respetarlo como ser humano, sin ofenderlo, injuriarlo, ni calumniarlo.

Nos instaba a:

1. Establecer metas claras (por polarizado que esté el ambiente político, no debo caer en el juego de la patanería).

2. Asumir la responsabilidad de mis acciones (ser consciente de no entrar en una escalada de virulencia verbal o escrita).

3. Asegurarnos de que nuestras acciones estuvieran de acuerdo con mis principios (el valor de la dignidad humana, tiene un plus de protección, muy importante).

El doctor Gaviria Díaz era muy riguroso y exigente al momento de calificar. Por ello, no siempre fue bien recibido por algunos de sus estudiantes, ni tampoco por ciertos ciudadanos, que desaprobaban sus decisiones de vanguardia, en la Corte Constitucional, sentencias que defendían la dignidad humana y los derechos fundamentales. Entre ellas, se encuentran los fallos sobre la dosis personal, la eutanasia y el aborto, en tres casos específicos.

Aunque pudo haberse pensionado de manera honrosa, no lo hizo. Escuchó los cantos de sirena que lo apartaron de una vida tranquila: lo picó el aguijón de la política. Como buen demócrata y librepensador fue acogido por el Polo Democrático y otros partidos que le ofrecieron su apoyo. Resultó elegido senador, aunque debió soportar fuertes agravios, pues sus opositores lo tildaban de “guerrillero de las FARC”.

En el año 2006 fue el principal contendiente de Álvaro Uribe Vélez, quien buscaba la reelección. En aquella ocasión, Gaviria alcanzó la más alta votación de la izquierda en Colombia. Sin embargo, cargaba con una “debilidad” que hoy es un problema: era en extremo decente, con una conducta intachable.

Solía decir: “Cuando un candidato invierte millones y millones en su campaña, no es un candidato, es un empresario; y como empresario, cuando sea alcalde, solo pensará en sacar lucro y provecho, y lo que menos tendrá en mente será la gente que votó por él”.

Respecto a su contradictor y exalumno de la universidad, afirmaba: “Álvaro Uribe Vélez ha sido el constructor de unas realidades virtuales para Colombia, capaces de contrariar las evidencias más aplastantes”. También advertía que su contrario utilizaba un lenguaje “procaz y provocador, no digno de un mandatario”.

En aquella época —hace ya casi veinte años— Gaviria Díaz usaba expresiones razonadas y argumentadas. En contraste, hoy abunda una chabacanería grotesca, una patanería, con mayúscula, expresada en frases como: “Enfrentamos la peor plaga de la historia y tenemos que dar la batalla para destripar el cáncer radical que nos gobierna” (artículo Pusilánimes, Vargas Lleras, en El Tiempo). Se trata de un claro llamado a que los simpatizantes de la derecha manejen un lenguaje de odio y confrontación.

Bien lo decía el doctor Mauricio García Villegas, politólogo, en entrevista con “El Espectador”, basado en su libro “El país de las emociones tristes”, donde explica que Colombia debía observarse desde sus emociones: envidias, venganzas, odios y miedos. Comparaba: “En Francia, durante las huelgas de los “chalecos amarillos” que duraron once meses, no se presentó ni un solo muerto; en nuestro país, en las manifestaciones de hace apenas dos años, que duraron solo dos meses, hubo una cifra espeluznante de 60 muertos”.

Hoy, la forma en que se comunican los políticos deja mucho que desear. No se parte de la racionalidad, de la lógica, ni de la ecuanimidad. La argumentación fue desplazada por la algarabía. Las conversaciones, que debían de ser pacíficas, se acabaron, al igual que el diálogo democrático.

Excelente legado dejó el maestro Carlos Gaviria Díaz, tanto para los simpatizantes de derecha, como de izquierda, esas frases de exacerbación, de incitación al odio, deben de ser sacadas de un diálogo, verdaderamente democrático, es claro, son muy importantes la decencia y la educación, en una igualdad de condiciones. Sin embargo, se observa que entre más cercanía temporal se tiene para las votaciones, el lenguaje de virulencia, de calumnias y de injurias se intensifica.

Adenda: en realidad, da mucha grima, pero no sorpresa, que el señor Abelardo De La Espriella, que ahora recibe el apoyo de Enrique Gómez, nieto de Laureano Gómez, con el movimiento “Salvación Nacional”, advierta que el Estado de Israel y su primer ministro Netanyahu, están haciendo lo que tienen que hacer para defender a su pueblo: “Es lo mismo que voy a hacer yo para defender a Colombia. Cueste lo que cueste”. Chévere realizar esta clase de elogios cuando me movilizo en avión a privado y me tapo los ojos para no ver las noticias de más de 60.000 muertos en Palestina, miles de niños bombardeados, una hambruna reconocida internacionalmente, donde no se respeta el derecho internacional humanitario, ni a los hospitales, ni a los periodistas.

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