Recientemente recibí un amable correo por parte de un lector de este diario criticándome por ser demasiado condescendiente con la presidencia Petro. Me venía a decir el educado remitente que, en un artículo anterior en que resumí no demasiado críticamente los tres años que Petro lleva en el poder, fui demasiado amable con un gobernante que, según el lector, ha sido mucho más lesivo para el país de lo que yo decía. Me llamó la atención este correo porque lo que habitualmente me pasa cada vez que hablo de Petro es lo contrario, que me critican por no valorar las cosas buenas del presidente. Particularmente, varios miembros de un grupo de amigos profesores universitarios colombianos con los que sigo en contacto en la distancia suelen afearme (a veces, hasta el punto de enfadarse y dejarme de hablar durante una temporada) mi falta de compromiso con los, para ellos, nobles esfuerzos reformadores de Petro.
Es decir, que, si hablo mal de Petro, unos se enfadan y, si no hablo tan mal, otros se enfadan. El problema es que yo no puedo alabar a un señor que creo sinceramente que está siendo un mal presidente, pero tampoco me nace comenzar a insultarle, por más que no me gusten sus políticas. No es ya que mi obligación como académico sea tratar de ver las cosas desde un prisma lo más objetivo y menos ideológico posible, es que mi naturaleza no es la de ponerme a pegar gritos en la vía pública, o siquiera calificar agriamente a nadie en un diario por ser esto o por ser aquello. Quiero creer que soy moderado. Tanto por lecturas, como por carácter. Y la moderación, aunque no venda hoy, ni haya vendido nunca, me parece la postura más sensata en política.
El escepticismo. La duda. El no dejarse llevar por lo sentimientos y las pasiones en algo tan serio como el gobierno del bien común. Por supuesto que tengo mi manera de pensar. En función de ella, jamás podré aceptar que un gobernante que abiertamente trata de evadir la Constitución en nombre de las supuestas reformas que dice querer hacer es un buen gobernante. Pero esta forma de pensar la tengo por mi formación, no por ningún tipo de animadversión personal. Decir que Petro es malo para Colombia no es una opinión, son los datos objetivos. Pero incluso cuando lo que se dice se basa en datos, es vital si se quiere convivir en una sociedad pacífica decirlo del modo más moderado y civilizado posible. A veces, sin necesidad de explicitarlo, leer entre líneas sobra para saber lo que uno piensa.