“Yo soy constante como la Estrella del Norte, cuya firmeza e inamovilidad no tienen igual en el firmamento. […] El mundo [está] colmado está de hombres y los hombres son de carne y hueso y pensantes. Sin embargo, entre su número conozco a uno solo que inalcanzable se mantiene en su posición, imperturbable por cualquier movimiento: y ese soy yo”, palabras del cónsul Cayo Julio César de William Shakespeare justo antes de ser acuchillado hasta morir por los senadores romanos. “Et tu, Brute? [¿Tú también, Bruto?] Entonces, que caiga César”, palabras del mismo antes de su último aliento.
Un drama político
Julio César(circa1599) es un relato de intriga basado en un hecho real, registrado en Vidas de los doce césares(121 d.C.) de Cayo Suetonio Tranquilo y Vidas Paralelas(siglo II d.C.) de Plutarco: el asesinato de Cayo Julio César y el comienzo del fin de la República de Roma, que pasaría a manos del “Segundo” Triunvirato y luego se convertiría en el Imperio Romano.
El protagonista es Marco Junio Bruto, el único de los conjurados que gozaba de buena reputación, gracias en parte al juicio de Plutarco, quien afirmara que él fue elogiado por el general Marco Antonio y encarnó “el odio a la tiranía y la aversión a toda maldad” en su forma más pura. En consonancia, Shakespeare lo representa como un hombre reflexivo, alejado de frivolidades y preocupado por el futuro de Roma, pues teme que “el pueblo escoja a César como rey”; es decir, que consienta darle el poder absoluto: le han ofrecido varias veces al cónsul una corona.
César, por su parte, ha dado muestras de inclinarse por el autoritarismo. Además del discurso citado, organiza eventos en su propio honor contra la costumbre romana y desconfía del senador Cayo Casio Longino porque “lee mucho, es un gran observador y ve a través de las acciones de los hombres”; alguien así, dice César, es “peligroso”. No se equivoca, pues es Casio el que convencerá a Bruto de unirse a la conspiración.

Tras escuchar las preocupaciones de su colega, Casio relata un par de anécdotas que muestran la creciente debilidad física de César y dice: “Me asombra que un hombre de tan débil constitución esté por encima de todos en el majestuoso mundo […]. La culpa de estar subordinados, querido Bruto, no es de los astros, sino de nosotros mismos. ¿Por qué ese nombre [el de César] debería resonar más que el tuyo?”. El actual líder de Roma es solo un hombre, un mortal como cualquiera que muchos obedecen por mutuo acuerdo. Sin sus allegados, él no es nadie. Nada distinto a la voluntad de cooperar les impide rebelarse como alguna vez lo hicieron los antepasados de Bruto contra Tarquino, el último monarca romano.
Durante una noche llena de portentos fantásticos (como muertos que reviven o nubes que simulan guerreros) y sueños ominosos, los últimos pasos del plan se completan: Bruto se suma a los conjurados tras concluir de que César podría convertirse en un tirano y el único modo de prevenir la amenaza incipiente es matándolo, mientras que los senadores persuaden al cónsul de no aplazar la sesión por los malos presagios y reunirse con ellos al día siguiente. Horas después, el cadáver de César yace sobre el suelo del Capitolio. “La deuda de su ambición ya fue saldada”, dice Bruto; solo resta convencer a los horrorizados romanos de que lo hecho fue una buena idea, pues César gozaba de gran popularidad a pesar de todo.
“No es que yo apreciara poco a César, sino que aprecio más a Roma […] ¿Preferirían que César viviera y todos ustedes murieran como esclavos a que él esté muerto y ustedes vivan como hombres libres?”, dice Bruto ante la multitud de plebeyos para recordarles el peligro que podrían haber enfrentado; algunos lo celebran y cantan “¡Viva Bruto!”. Cuando él se retira, Marco Antonio, uno de los principales allegados del difunto y salvado de morir por Bruto, manipula a la multitud con maestría y destruye toda la confianza que la causa del senador había ganado.
Entre sardónicas y reiterativas afirmaciones de que “Bruto es un hombre honrado”, Marco Antonio le recuerda a la multitud algunos de los gestos populistas de César, muestra su cuerpo acuchillado y lee el testamento del finado, donde heredaba a los plebeyos algo de su fortuna y propiedades. Al instante se forma una turba que persigue a los conspiradores y se lleva por delante a culpables e inocentes. Marco Antonio, por su parte, no tiene interés en cumplir con la voluntad de César: convoca a Marco Emilio Lépido (otro general) y Cayo Octavio (hijo adoptivo de César) para enmendar en secreto el testamento y repartirse los territorios conquistados por Roma.

Estalla una guerra civil. Las fuerzas de Casio y Bruto poco pueden contra los futuros triunviros de Roma. Una noche, el fantasma de César aparece y predice que Bruto morirá en una batalla en Filipos (cerca de la costa norte de Grecia). Llegado el momento, al exsenador no le queda más opción que tratar de morir con honor: en la contienda y por mano propia.
Julio Césares la segunda vez que Shakespeare abordaba el problema de qué hacer contra un gobernante legítimo, pero tiránico, después de Ricardo II. El mismo Bruto define la tiranía como un gobierno que “separa al remordimiento del poder”, pero hace falta una precisión: Shakespeare era monarquista y descartaba la posibilidad de que la gente del común creara un gobierno estable; como cristiano en la Inglaterra moderna, consideraba que Dios mismo confería a los reyes la potestad de gobernar.
Los ingleses aún recordaban la lucha por el trono de Inglaterra durante la Guerra de las Dos Rosas (1455-1487) y la posibilidad de que un vacío de poder desembocara en una largas y crueles guerra civil. Con todo, tanto Ricardo IIcomo Julio Césarllegan a la conclusión de que deponer un rey legítimo que abusa de su autoridad es un mal necesario y que Dios favorecerá a quien sea capaz de restaurar la estabilidad: esa era la base de la propaganda política de los Tudor, los ganadores de la citada contienda, desde Henry VII hasta Elizabeth I.
Es por lo anterior que, a pesar de estar en bandos contrarios, Marco Antonio (y por extensión la audiencia isabelina) se siente obligado a elogiar así el cadáver Bruto: “este fue el más noble de todos los romanos. Todos los conspiradores salvo por él hicieron lo que hicieron por envidia de César. Solo él se convirtió en uno de ellos con un propósito honorable y por el bien común”. Y yo diría que, aun siendo nosotros antimonárquicos, eso sigue siendo cierto: pocas cosas son tan necesarias y loables como oponerse al mal gobierno.
A modo de contraste
La vida real fue mucho menos caballeresca. César era popular entre los romanos de a pie e impopular entre los senadores por haber ayudado a los primeros y disminuido el poder de los segundos con una serie de reformas sociales y económicas, pero también cometió gestos clásicos de un tirano que Shakespeare no menciona. En varias ocasiones había sido nombrado “dictador”, una posición extraordinaria que le permitía aprobar leyes y actuar sin consultar al senado en tiempos de emergencia. Antes de morir, él mismo se había apuntado como “dictador de por vida”. Su mayor demostración de poder fue la conquista de Galia (58-50 a.C.), una larga, brutal y costosa campaña militar sin aprobación del senado, al parecer tan indefensible que él mismo creó propaganda para justificar una invasión en la que él era el agresor (el libro Comentario sobre la guerra de las Galias). Desde una perspectiva moderna, ¿quién descarta que pudiera descargar la misma brutalidad sobre sus propios conciudadanos?
Bruto, por su parte, era un político como cualquier otro, uno que parece haber acabado como uno de los ejes de la contienda en parte gracias al papel que cumplió luego del asesinato, como una de las caras más visibles y respetadas de los “liberadores” (como ellos mismos se hicieron llamar). Aunque solo algunos fragmentos de la obra de Shakespeare apuntan al orgullo de Bruto como una de sus motivaciones, los hechos históricos retratan a un hombre que no solo estaría actuando en contra de un posible régimen autoritario por principios éticos, sino que además había avanzado en la política gracias a los favores y exabruptos de César y ahora veía amenazados tanto el renombre de su familia (en tanto que expulsores de tiranos) como su posición en el senado.
Obras consultadas
Cayo Suetonio Tranquilo. (121 d.C.). Vidas de los doce césares (Vol. 1, Trad. Rosa María Agudo Cobas). Editorial Gredos.
Cooper, Robert. (2017). “Shakespeare’s Politics”. The American Interest. Recuperado el 5 de febrero de 2026, en https://www.the-american-interest.com/2017/06/20/shakespeares-politics/
Leeds Barroll, John. (1958). “Shakespeare and Roman History”. The Modern Language Review, 53 (3). pp. 327-343. Modern Humanities Research Association. Recuperado el 5 de febrero de 2026, en http://www.jstor.org/stable/3719056
Plutarco. (sigo II d.C.). Vidas paralelas (Vol. 5, Trad. Aurelio Pérez Jiménez). Editorial Gredos.
Shakespeare, William. (1599). Julius Caesar (Ed. William Montgomery). Penguin Books, The Pelican Shakespeare.
Tempest, Kathryn. (2017). Brutus: The Noble Conspirator. Yale University Press.

