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Cultural

El Mono Mendoza viene con una espada de luz

El Mono era ocurrente, un conversador fenomenal y un espíritu iluminador. El Mono Mendoza será nuestro jefe de redacción eterno.

El Mono Mendoza viene con una espada de luz
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Tal vez ese instante en que entró a la sala de redacción de El Universal con una espada de luz en las manos, alumbrando la soledad de los cubículos y la caras concentradas de los periodistas frente a sus computadores, retrate el espíritu juguetón y la mente brillante de Germán Mendoza Diago. Y esa fascinación que él tenía por el misterio de las galaxias y el universo en general y esa festiva manera de jugar como pasaporte del pensar y distensionar la aridez de la solemnidad y la seriedad.

Es que detrás de ese muchacho de cabello de oro e intensos ojos azules que parecía un vikingo recién llegado al puerto había una criatura de inteligencia múltiple, nutrido de las fuentes más inimaginables de la cultura popular y la erudición de occidente y oriente. Germán, que entre sus amigos era solo el Mono Mendoza, sabía de todo, pero no era un erudito convencional sino a la manera de los cronopios de Julio Cortázar, capaces de jugar todo el tiempo con lo más difícil y complejo como el origen de la vida y el universo, dos de sus obsesiones como lector e investigador de la física. Y en ese juego que desmitifica las realidades herméticas, el Mono era un artista para desarmarlo todo y ponerlo al alcance de todos. Tal vez una de sus grandes virtudes humanas era que no estableció jamás jerarquías sociales, raciales, religiosas o culturales.

El Mono Mendoza conversaba con todo el mundo y su irradiación de encantamiento era un imán para todos. Establecía una verdadera relación humana con Caro, la de los tintos; con Gerardo, el gerente; con Hortensia, la secretaria; con Lala, la bella; con Panti, el caricaturista; con todos los directores en más de treinta y tantos años, cada uno con sus singularidades y temperamentos, con la sala de redacción que si no tuviera a un editor o un jefe de redacción sería lo más parecido a un manicomio. Y al Mono le tocó lidiar con locos de atar como el genial Molano, uno de los mejores reporteros gráficos del periódico, tal vez el más temerario y el más arriesgado, cuyo único defecto era que tan buena gente pero que cuando se emborrachaba les pegaba trompadas a los policías. También lidió con editores judiciales como José Luis, que citaba al periódico a los que la Policía no había podido capturar y se presentaban sin que nadie los esperara. O con Roncallo, maestro de títulos irreverentes y de doble sentido que sacaban de quicio al doctor Zúñiga, como aquel titular de la sección económica: “Bajan los huevos, suben los plátanos y se dispara la leche”. Un titular que casi le cuesta el puesto, pero Roncallo, se salvó porque además de contar con el apoyo de Germán, tenía a la mano una estadística veraz en la que de verdad habían subido los plátanos, habían bajado los huevos y se había disparado la leche. Y bueno, el Mono encarnó al más dinámico y previsible de los editores, una especie de capitán de tormentas o vigía de desastres capaz de anticiparse y preparar al equipo de periodistas para que se preparara mucho antes de que existiera Internet, de la repentina muerte de un papa, un rey monárquico, un presidente, una estrella de rock, un juglar de la música popular y ancestral del Caribe o un científico como Stephen Hawking, uno de sus ídolos de la física, al que estudió desde que irrumpió con sus libros sobre el Big Bang, los agujeros negros o su historia del tiempo.

El Mono era un erudito de lo inimaginable: de la ciencia, el arte, las letras, el cine, la política, los conflictos del Oriente Medio, la música popular, los porros sinuanos de su Ciénaga de Oro, las baladas de los sesenta y setenta, la nueva trova cubana de Pablo Milanés y Silvio Rodríguez, el jazz, las canciones de Joan Manuel Serrat que interpretaba, el Cuarteto de Alejandría de Durrell que releía, era lector de filosofía y conocedor del yoga y del budismo, y practicaba el arte chino en los intervalos del tiempo en que aspiraba a abarcar tantos sueños al tiempo, dibujando con una pluma en tinta china unos paisajes serenos de montañas a mano alzada que se confundían con las nubes. Pero si alguien le preguntaba de economía, el Mono tenía su respuesta porque su curiosidad por el conocimiento lo llevaba siempre a no dormir sin intentar encontrar respuestas. Ese privilegio lo llevó a ser un visionario en las contingencias de la vida y la sala de redacción, a buscar soluciones sin alterarse, manteniendo siempre la respiración, el sentido del humor y buscando consensos colectivos.

Un cronista en la ciencia

El 23 de agosto de 1992 tuvo el privilegio de entrevistar a León Lederman, Premio Nobel de Física en 1988, el autor de ‘La partícula de Dios: ¿Si el Universo es la respuesta cuál es la Pregunta?’, sobre la partícula subatómica “que los científicos creen que es la responsable de la masa del universo y que están buscando hace 40 años: el bosón de Higgs”.

El Mono Mendoza entrevistó al físico en el piso 22 de un edificio en Bocagrande, y le habló de los quarks y del origen del universo y le contó que no creía que el universo colapse, porque “el universo seguirá expandiéndose eternamente, cada vez más lentamente, pero sin detenerse nunca. Es como el concepto matemático del límite, que determina que algo puede dividirse infinitamente, sin que llegue a cero. Dividir un objeto en dos partes, en tres, en cuatro, hasta infinitas partes, nunca terminará de dividirse. Así el universo reducirá infinitamente su velocidad de expansión, pero nunca se parará”. Al final de aquella conversación fascinante, le hizo la pregunta del millón: ¿Cree usted que el universo fue creado por un ser superior? Y el físico le respondió: “Pienso que probablemente hubo un creador y que probablemente fue una mujer. En efecto, el universo avanza hacia una desorganización, que es en realidad una estabilidad, porque solo en desorden, la materia es estable, que la única explicación posible es que una mujer lo creó”.

Epílogo

El Mono era ocurrente, un conversador fenomenal y un espíritu iluminador. Le encantaba beber sus vinos y cervezas donde Eparkio Vega, su viejo amigo de aventuras culturales, y conversar de lo divino y lo humano, siempre en el borde del humor más fino y contagioso, y desafiar los convencionalismos y los prejuicios sacando a relucir de su bolsillo un llavero que tenía la forma de un falo. Y en los pasillos del periódico, solía comprar un dedo de queso enorme que parecía el falo de un caballo y recorría las oficinas comiendo lentamente aquel dedo de queso que llevaba en forma cómica a la altura de su ombligo... Además de todo lo anterior, tenía tiempo para jugar al mediodía de los sábados un partido de fútbol con los trabajadores del diario, y tomarle el pelo a Paternina y decirle con cariño de mamagallistaˆ: “Cabeza de Puerco”.

Travesuras de un caballero como el Mono Mendoza que se embriagaba de felicidad y nostalgia cuando escuchaba los poemas de su amigo Giovanni Quessep o los cuentos de su amigo Roberto Burgos Cantor, o escuchaba el porro ‘La aventurera’, de Pablito Flórez en la que el juglar sinuano pega un grito ¡Gózalo, Mono Mendoza!, un homenaje a su padre que murió cuando el Mono tenía seis años. Nada lo impactaba tanto como meterse a fondo en la cultura popular del Sinú y del Caribe y beber siempre del legendario libro de su abuelo Manuel Mendoza Mendoza “Leyendas sinuanas”, que sus hermanos Jorge y Zulma Mendoza Diago han vuelto a reeditar tan solo para que el Mono Mendoza se reencontrara con sus nostalgias en el confinamiento de su enfermedad degenerativa que él encaró con su mente brillante, y sin perder jamás la gracia de su espíritu.

El Mono Mendoza entra ahora con su espada de luz de la Guerra de Las Galaxias. Y nos alumbra a todos desde las penumbras de la sala de redacción. Como si nos despertara de un letargo en una sala espacial.

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